Marzo 2008
30 Marzo 2008
29 Marzo 2008
El otro día se le rompió la entrada USB a mi Mp3, con lo cual no sólo no puedo poner y quitarle archivos, sino que tampoco puedo cargarle la batería. O sea: adiós al aparatito. Decidí que, por lo menos, tuviera oportunidad de morir al pie del cañón, y que gastase lo poco que le quedaba de batería reproduciendo música adecuada para la ocasión. La elegida fue Einstein on the Beach , de Philip Glass .

Ésta fue la obra que me descubrió a Philip Glass, hace unos veinte años –a Einstein on the Beach, por cierto, me la descubrió mi buen amigo Luis Carlos Marco–. Recuerdo que en su momento me dejó atónito y ojiabierto, y con el tiempo apenas ha variado mi apreciación por ella. Para quien no lo sepa, Einstein on the Beach es una ópera minimalista, estructurada en tres actos, y que supone una de las más radicales muestras del estilo compositivo de Philip Glass: escalas que se repiten una y otra vez, amplios desarrollos orquestales donde las variaciones van apareciendo muy poquito a poco, figuras rítmicas obsesivas… A esto se suma la práctica carencia de argumento, o que las partes cantadas son en muchos casos sucesiones de números (“one-two-three-four-one-two-three-four-one-two-three-four—two-three-four”, por ejemplo).
Sin embargo, esta ópera se ha puesto en escena en alguna ocasión, y de hecho, yo recuerdo haber visto en la tele (Metrópolis, no podría ser otro) algún fragmento de la ópera, con coros vestidos con camisa blanca, pantalón negro y tirantes, y un Einstein que comenzaba a tocar el violín. Otra de las peculiares características de la obra es su duración: unas cinco horas (en la versión grabada se reducen a tres y media). El escenógrafo original, Robert Wilson , aconsejaba a la gente que entrara y saliera con total libertad durante la representación. Es una forma de entender la música parecida a aquello que decía Erik Satie sobre que sus obras eran para amueblar habitaciones: la música está ahí, y el oyente puede moverse, pasar junto a ella o dejarla a un lado, pero sigue allí.
Con Einstein on the Beach a mí me pasa algo similar, y por eso la llevo muchas veces en mi Mp3: es una música que me sirve para concentrarme y a la vez desconectar de lo que tengo alrededor. Además, gracias a esta ópera descubrí a un excelente compositor, Philip Glass, del que todavía tengo grabado el recuerdo de cuando vino a Zaragoza para actuar en el Teatro Fleta (este dato dice bastante de cuánto tiempo ha pasado). Fue una experiencia entonces novedosa: en la pantalla del cine echaban Koyaanisqatsi, una película documental de la que Glass había escrito la banda sonora, y a la vez su banda la interpretaba en directo. El resultado fue abrumador.
Curiosamente, durante mucho tiempo la única copia que tuve de Einstein on the Beach fue un cassette grabado de la radio –del programa Diálogos 3, con Ramón Trecet en Radio 3; otro clásico–, y solamente internet me brindó la posibilidad de hacerme con la obra en formato digital, por medios un tanto inconfesables aquí. Lo cual es un argumento a favor de que todo está en internet, porque desde luego, las obras de Philip Glass no son de lo que más transite por el eMule.
27 Marzo 2008
He pasado una Semana Santa que, en algunos aspectos, me ha retrotraído a cuando era un crío y veía películas de romanos. A ello han contribuido las sesiones intensivas que Cuatro ha dedicado a la segunda temporada de la serie Roma. De hecho, continúo aún en ello, porque tal y como se lo han planteado los programadores de la cadena, era prácticamente imposible seguirla in situ –creo que aquí el latín no está mal traído–.
Seguro que luego la reponen, pero me parece muy sorprendente que se hayan merendado los diez capítulos de la segunda temporada en sólo tres entregas, durante los días de Semana Santa y en horario nocturno profundo. Puede que la primera temporada no tuviera el éxito esperado, pero vaya, tampoco es para tratarla así.

El caso es que Roma es una serie que a mí me gustó mucho desde el primer capítulo, y que además, según dicen quienes entienden, tiene voluntad de fidelidad, sobre todo en lo tocante a puesta en escena. Incluso los dos personajes principales que no pertenecen a la Historia (con mayúsculas), Tito Pulo y Lucio Voreno, los han tomado de la Guerra de las Galias de Julio César, como bien dicen en esta muy recomendable página.
Con otros personajes, los guionistas han tenido que pagar el tributo de tener que hacer una trama atractiva y entretenida. No ha habido problema con Marco Antonio, del que clavan su carácter bravucón, mujeriego y hábil en la batalla; todo un personaje, vaya. También está bien la caracterización de Cicerón, de quien se acentúa tal vez demasiado su oportunismo y su tendencia a cambiar de chaqueta. Pero la que peor parada ha salido en la adaptación es la madre de Octavio (el futuro Augusto), Atia, cuya versión histórica por lo visto no tiene nada que ver con la mujer maquiavélica que aparece en la serie.
Bueno, la cuestión es que estos días continuaré viendo los capítulos que me grabé durante Semana Santa. Doy mi palabra de que no contaré cómo acaba, y eso lo digo por algo: hace un tiempo estaba hablando con alguien sobre la primera temporada de la serie, y cuando dije que se acababa con el asesinato de César, mi interlocutor se me quedó mirando perplejo, como si le hubiese chafado el desenlace. ¡De verdad que me pasó!
22 Marzo 2008



18 Marzo 2008
El anillo dorado
Atravesamos duros momentos. John Pickford, un investigador, aparece ahorcado en Cardiff y Koniff Portman, formidable vendedor de libros a domicilio, se pone a disposición de los bomberos de Amsterdam, para declarar como especialista. Rápidamente Koniff encuentra a un gran novelista llamado Steve Luchini, mezclado desde hace años con el ultra secreto grupo de El Exclusivo Equipo de Los Cabalistas, y sucede un dramático ajuste de cuentas con La Hermética Orden del Dorado Amanecer, después de una persecución en el rastro, tropezando con todo. Mientras la más asentada base de la Astrofísica está en peligro, los malvados líderes de El Exclusivo Equipo de Los Cabalistas no permitirán que las cosas se tuerzan. ¿Podrá Koniff detenerles a tiempo?
He aquí el resumen de la nueva novela de Dan Brown, el autor de El código Da Vinci, que he encontrado navegando por ahí. No tiene mala pinta, ¿verdad?
No, la verdad es que no. En realidad, lo que he encontrado es una página la mar de divertida, que genera automáticamente argumentos de novelas de Dan Brown. Otro ejemplo:
La caja Da Vinci
¿Quién construyó realmente las pirámides? Durante siglos, El Tropel de los Illuminati ha conseguido mantener oculta la verdad… hasta ahora. Antes de morir ahorcado, Steven Pickford, el último Gran Maestre de una sociedad secreta cuyos orígenes se remontan a la fundación de La Fraternidad de Babilonia, transmite a su nieta Natalie una misteriosa clave. Pickford y sus predecesores, entre ellos Mortadelo y el emperador Marco Aurelio, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar la historia de la humanidad: el misterio de la ciudad de Atlántida. Ahora Natalie, con la ayuda del simbólogo de Stanford Woody Reeves, comienza la búsqueda de ese secreto, tras una trepidante carrera por el rastro, tropezando con todo, que les lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos en los más famosos cuadros de Leonardo da Vinci y en unas vidrieras de Río de Janeiro.
El lector interesado puede probar la combinatoria y generar una novela estilo Dan Brown tras otra, acompañadas por su correspondiente portada y un par de comentarios críticos de medios tan reputados como The Observer, The New York Times, el Chicago Tribune o el Wall Street Journal. Incluso se puede personalizar, introduciendo un nombre y una ciudad. Pongamos otro ejemplo:
La fortaleza del gorro
El planeta se calienta y el clima es impredecible. Jeremy Jones, un repartidor de prensa, aparece ahorcado en Zaragoza y Miguel Ángel Ordovás, formidable bibliotecario, se pone a disposición de los bomberos de Buenos Aires, para declarar como especialista. Rápidamente Miguel Ángel encuentra a un gran profesor de secundaria llamado Harry McDormand, mezclado desde hace años con el ultra secreto grupo de La Orden de los Caballeros de la Tabla Redonda, y sucede un dramático ajuste de cuentas con La Banda de los Sinarquistas, después de una persecución en las cuevas de la antigua Constantinopla. Mientras el precio del petróleo está en peligro, los malvados líderes de La Orden de los Caballeros de la Tabla Redonda no permitirán que las cosas se tuerzan. ¿Podrá Miguel Ángel detenerles a tiempo?
Ésta sí que tiene buena pinta, ¿eh? No en vano, según The Observer, "La Fortaleza del Gorro es una explosiva aventura super ventas que cuenta una historia real", y para el New York Times "La Fortaleza del Gorro es una seductora y documentadísima fábula de suspense que tendrá un gran éxito de ventas".
17 Marzo 2008
Siempre me han gustado las listas (no sólo las mujeres inteligentes, sino también las que son una ”enumeración, generalmente en forma de columna, de personas, cosas, cantidades, etc., que se hace con determinado propósito”, tercera acepción del DRAE). Por eso, me gusta esta página, listverse.com, que se dedica a hacer listas de lo más variopinto.
Una de las últimas que han puesto es el Top 15 X-Rated Plants. Al principio no entendía muy bien qué querían decir con ese epígrafe, pero una vez más, una imagen fue mejor que mil palabras.
Ciertamente, hay imágenes que, más que x-rated, son hasta poéticas, como ésta:

Otras, sin embargo, sí que son más subiditas de tono. Por ejemplo:

Aunque otras son de las que hacen sospechar que hay mentes algo calenturientas:

14 Marzo 2008
Una declaración de intenciones de cara a los próximos días.
Sonríe.
Incluso festivos.
Pues eso. Que lo sepa todo el mundo.
13 Marzo 2008
Departiendo el otro día con un conocido sobre los relatos de mi libro Vísperas de nada, me señaló una influencia que casi nunca menciono: la de Boris Vian. Yo creo que es porque a Vian lo tengo ya tan asimilado, que me parece demasiado evidente citarlo. Y ahora, me pondré abuelo Cebolleta:
la primera vez que leí a Boris Vian fue en un tebeo (sí, sí), que se llamaba Metropol, del que apenas he encontrado rastro por internet, excepto alusiones lejanas y subastas de eBay. Era un comic-book (o sea, una revista de historietas) en donde también incluían relatos. Y en uno de sus números salía El amor es ciego, uno de sus cuentos. Para un quinceañero con ínfulas culturetas como yo en ese momento, aquello fue una revelación. No mucho después, y por esas cosas de las casualidades, encontré el libro del que salía el relato: El lobo hombre, en la benemérita colección Libro Amigo de Bruguera.
Si un relato me había dejado boquiabierto, el libro entero me volvió el cerebro del revés. En plena época de mi formación intelectual, Vian me abrió el horizonte hacia la ironía, el absurdo y el cachondeo (verbal y físico), y a la vez hacia la implacabilidad y la violencia de los sentimientos.
Ni qué decir tiene que me convertí en un adicto a Boris Vian. Rastreando por librerías de lance fui haciéndome con otros libros suyos: Las hormigas, su otro libro de relatos; El otoño en Pekín, su novela más extensa; El arrancacorazones, otra novela, en la que Vian se muestra más desolador y angustiado; La hierba roja… Incluso otras obras más raras si cabe, como Jaleosas andadas, imaginativa traducción de Trouble dans les Andains.
Poco a poco fui sabiendo más cosas de la vida del autor, entre otras su desdoblamiento como escritor de novelas negras, bajo el seudónimo de Vernon Sullivan. Conque, hala, otra vez a buscar títulos: Escupiré sobre vuestra tumba, que es un pastiche salvaje pero todavía contenido; y Que se mueran los feos, Con las mujeres no hay manera y Todos los muertos tienen la misma piel, mucho más pasadas de rosca, llegando a ser verdaderas parodias, sobre todo las dos primeras.
La obra poética de Vian tardé bastante más en conocerla. Sabía de su faceta de cantautor, con su canción Le déserteur como creación emblemática, pero no había tenido ocasión de leer su poesía. En una de mis estancias en Italia me compré una edición bilingüe (francés-italiano) de Je voudrias pas crever, uno de sus poemarios, y comprobé que no me perdía nada si no leía los versos de Vian.
Sin embargo, como narrador sí que sigo teniéndole un profundo respeto: tiene una imaginación desbordante, con un refrescante gusto por el ingenio, y a la vez es capaz de mostrar la más negra de las angustias cotidianas. En sus obras describe tan bien orgías etílicas y venéreas como amores delicadísimos. Es, en fin, un autor brillantemente paradójico. Y algo similar sucedía con su propia vida: ¿qué puede decirse de un hombre que, a pesar de tener graves problemas pulmonares, se afanaba en interpretar jazz a la trompeta?
8 Marzo 2008
Una entrada rápida para mantener vivo este blog durante el fin de semana:
navegando por ahí, me encontré este blog, y en él, esta entrada que recoge un abecedario de palíndromos, con ocurrencias tan felices como éstas:
K: A kimono dono mi ka.
M: Oda: eme de meado.
R: La erre ser real.
Un palídromo, según dicta sabiamente el Diccionario de la Real Academia Española es una
Palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda; p. ej., anilina; dábale arroz a la zorra el abad.
Es un procedimiento que en píldoras pequeñas es relativamente sencillo de hacer, pero que a nada que se quiere alargar, comienza a hacerse más complicado. Georges Perec y sus amigos del Oulipo, de quien hablé hace unas entradas, se han dedicado con denuedo a estos ejercicios creativos, aunque no han sido ni mucho menos los únicos. Véase, por ejemplo, esta página, que a su vez enlaza con esta otra, de Víctor Carbajo, auténtico campeón en estas lides.
7 Marzo 2008
Bueno, pues la buena noticia del día, por lo menos para mí, es el retorno de Carlos Castán. La editorial Destino acaba de publicar Sólo de lo perdido, un libro de relatos que viene a saciar a quienes esperábamos su próxima obra.
Castán es un autor cuentagotas, que publica muy dosificadamente. De hecho, lo anterior a este libro (aparte de colaboraciones colectivas y/o esporádicas) fue un pequeño libro El aire que me espía, editado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, del que en su momento yo mismo hice un comentario en El Periódico. Aquí se puede leer.
Y puestos a enlazar, dejo aquí la referencia de una entrevista que Roberto Miranda saca hoy en El Periódico, a raíz de la publicación de Sólo de lo perdido.
Lo dicho, los lectores estamos de enhorabuena.


