Julio 2008


He comprobado que de un tiempo a esta parte, en este blog me dedico más a aprovecharme de mi móvil con cámara que a otra cosa, y que he dejado de lado la parte más cultureta que tantas satisfacciones me daba, y tan poquísimos comentarios dejaba. Así que vuelvo a la pedantería por unos instantes.

El motivo son las noticias de que Michel Houellebecq (este señor de la izquierda) ha estado estos días por España, en concreto en un ciclo de conferencias celebrado en Cartagena (Murcia). Aparte de los comentarios más o menos informativos del asunto, me ha llamado la atención la reseña que ha sacado Álvaro Colomer en su blog El arquero, que demuestra la fascinación que genera un tipo tan peculiar como Houellebecq.

Yo también tuve mi momento Houellebecq, hace ya unos años. En concreto, durante unas navidades, en las que me leí Las partículas elementales y Ampliación del campo de batalla (cronológicamente van al revés, pero yo las leí en ese orden). La primera novela me gustó bastante, a la par que me dejó sorprendido por su desfachatez, su visión tremendamente negra y la acidez que supuraba cada una de sus páginas. La otra, la Ampliación… me dejó algo más desfondado; aunque de hecho, también me ayudó a superar mis habituales depresiones navideñas, porque me hizo pensar que la vida no puede ser algo tan negativo a como el autor la pintaba. En fin, que ya puede verse que Houellebecq no es un escritor para llevárselo como lectura playera.

Tal vez por ese carácter implacable, a Houellebecq le han llovido críticas por todos los lados: lo tachan de fascista, de misógino o directamente de amargado. En Francia llevan años cuestionándose cómo lo tratará la posteridad, y muchos dicen que el autor se aprovecha de su propensión a la polémica para vender libros. Tal vez no les falte algo de razón. Aunque también tiene fervientes defensores, como Fernando Arrabal. Y su página web (también con una pequeña parte en español) tiene como subtítulo –con una saludable dosis de ácida ironía– La asociación de amigos de Michel Houellebecq. De ahí he sacado la imagen para cerrar esta entrada:

Una de las quejas más corrientes de quienes van a la Expo es las filas que hay que hacer para entrar en algunos pabellones, como por ejemplo el de España. Hay quien lo lleva bien, y hay quien no tanto.

Ayer, sin embargo, los gigantes de Zaragoza, que desfilaron por el recinto, no tuvieron ningún inconveniente en hacer la cola correspondiente para ver el pabellón. Y eso que seguro que tenían acreditación VIP.

No sé si se llegará a ver bien, pero me parece un documento interesante: en Zaragoza, todo el año es una fiesta. Incluso ahora, a mitad de julio, los autobuses aprovechan para desearnos feliz año nuevo. He aquí la prueba:

Seguro que a más de uno se le ha ocurrido, pero yo tenía que decirlo.

¿No tiene un cierto parecido con Darth Vader?

(En realidad, es una de las esculturas de Manolo Valdés que estos días están expuestas en pleno paseo Independencia de Zaragoza. Muy chulas, por cierto).

Lo que tiene la Expo es una abrumadora oferta para un número limitado de horas. Todos quieren que haya cola delante de sus pabellones; unos lo consiguen, y otros no.

Entre los que no, está el pabellón de las artes (o algo así), que no acaba de tener mucho tirón por parte de los expoturistas. Y eso que ponen alicientes para que la gente entre. Véase:

Pues no, oiga. Ni aun así entra el personal. Y eso que más relacionada con el agua no puede estar la cosa…