Febrero 2009


No hace falta llamarse Alan Moore para dotar de profundidad un tebeo. En esta portada de Zipi y Zape, del recordado Escobar, sale a colación el concepto de la flecha del tiempo, que tantas discusiones ha generado entre filósofos, psicólogos y físicos:

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¿Qué ocurre si sumas gente ociosa + nuevas tecnologías?

Pues que salen cosas como ésta: 50 of the Most Insane Things Never Seen on Google Street View. O sea, proponer a base de Photoshop escenarios insólitos que podrían aparecer en Google Street View.

Siendo 50, se comprenderá que las hay de todos los pelajes. Con mi gusto friki cinéfilo/nostálgico, éstas dos son las que más me han gustado:

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Llevo una temporada en la que mi ritmo de lecturas ha decaído muchísimo. Tal vez sea porque me disperso más, y me tiro más a los tebeos y las películas que a los libros. Tal vez sea también porque elijo unos volúmenes de cuidado para leer. Mi último gran logro, curiosamente, ha combinado las dos cosas: El manuscrito encontrado en Zaragoza.

portadaEste libro me lo compré hace ya bastante tiempo en una librería de lance, atraído por las afinidades geográficas del título, porque había oído referencias interesantes sobre él, y porque según prometía la contraportada, era la versión íntegra de la novela; algo que las dimensiones del libro parecían corroborar (la imagen de la izquierda no corresponde  a la edición que tengo yo, pero también está bien). Luego permaneció callado durante años en una estantería, hasta que hace unos meses tuve la oportunidad de bajarme la versión cinematográfica. Pensé que si veía la película nunca me animaría a leerme el libro, teniendo en cuenta su extensión, así que me puse a ello. Y una vez leído el libro, lo siguiente era encontrar tiempo para ver la peli, que dura nada menos que tres horas. Bien, desde hace unos días finalmente puedo decir con orgullo que he culminado ambos objetivos.

Mientras me estaba leyendo el libro, a quienes me preguntaban de qué iba les decía que es una novela de principios del XIX escrita por un polaco afrancesado, Jan Potocki, y ambientada en la España del XVIII. Creo que con esos datos se puede hacer uno idea del carácter del libro, con sus muy tópicas estampas españolas llenas de bandoleros, nobles de espada suelta y honor intocable, damas recatadas de puertas afuera y lascivas de sábanas adentro, musulmanes y judíos que fingen ser conversos, gitanos bravos, endemoniados, ventas fantasmas, ermitaños… La novela empieza con un fuerte tono gótico, y más tarde se va deslizando hacia el género de aventuras, pasando por el galante e incluso la picaresca.

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Pero aunque muchas historias y situaciones suenen a formulismo, el autor sabe dar interés a su obra. Yo creo que uno de sus grandes hallazgos es la creación de personajes, que si bien son estereotipos, también están bien caracterizados. A mí el que más me gustó fue Velázquez, el geómetra, capaz de reducir cualquier fenómeno –incluso los sentimientos– a teoremas y formulaciones matemáticas. En el fondo, se ve que a Potocki le va la caricatura, y se cachondea continuamente con personajes extremos y situaciones fuera de madre.

Porque lo que no falta en El Manuscrito encontrado en Zaragoza son historias. Potocki utiliza el marco narrativo, tan querido por tantos autores: el autor cuenta que encontró un manuscrito, en el que se cuenta una historia donde alguien narra una historia, y en esa historia se cuenta otra historia de alguien… De esta manera se van empotrando relatos, y llega un momento en el que hasta los personajes confiesan que no saben muy bien de quién es la historia que están oyendo. Esto, y el cuestionamiento de la realidad y la ficción que tiene en muchos momentos –sobre todo al final–, le da a la novela un interesante toque de modernidad, e incluso posmodernidad, como diría alguno.

imagen-21La película, pese a durar tres horas, no recoge todo lo que cuenta la novela, aunque se queda con algunas de las historias esenciales. La adaptación, realizada en 1965 por el director polaco Wojciech Has,  prefiere incidir en lo grotesco, extravagante y sobrenatural –que en Potocki ya era abundante–, y de esta manera sale una película extraña, entretenida y visualmente muy atractiva. Dicen que a Buñuel le gustaba mucho, y no es de extrañar, aunque sólo sea porque presenta muchos personajes femeninos que aprovechan sus encantos para dominar a los hombres. Pero además, es una película intrigante, de planos muy largos y cierta concepción teatral, con una atmósfera onírica que atrapa.

Tanto la novela como la película han pasado vicisitudes varias para llegar hasta hoy: la novela tuvo varias ediciones incompletas, cayó en el olvido –lo cual fue aprovechado para que algún autor listo la plagiase– y  finalmente se restituyó. En la Wikipedia se explican bien estas aventuras. La película, por su parte, tuvo que reducir su metraje para que se estrenara en Estados Unidos y Reino Unido, donde se convirtió rápidamente en una obra de culto. En 2001 se editó en DVD la versión restaurada y sin cortar, que financiaron Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Jerry Garcia (sí, el líder de los Grateful Dead).

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Ah, y un último aviso para posibles patriotas literarios: en la novela, Zaragoza sale en el título, y en las dos o tres primeras páginas, cuando se encuentra el manuscrito. Pero en las otras seiscientas y pico, no. Por si alguien se cree que es una especie de guía histórico-turística de la ciudad.

El pasado fin de semana fue la entrega de los Goya, unos premios que todo el mundo trata con cierta displicencia, pero que luego todos comentan, como unos Oscar quiero y no puedo. Aparte de los premiados habituales, a mí me sorprendió mucho que le dieran el Goya de Honor a Jesús Franco, cuya presencia en las crónicas de los actos creo que ha pasado mucho más desapercibida que el vestido de tal o el escote de cual. Y eso que es un tipo que da mucho juego si quiere sacársele partido. Para quien no sepa quién es este señor, aquí va el momento de la entrega del Goya con una pequeña retrospectiva del autor (lamentablemente, la presentación corre a cargo de Santiago Segura, que es un tipejo al que no soporto):

A la hora de referirse a Jesús Franco, existen básicamente dos vertientes: la cinéfila seria es la que siempre menciona que fue ayundante de dirección de Orson Welles en Campanadas a medianoche. La otra, cada vez más abundante, y más devaluada conforme se hace más generalizada, es la friki y modernilla: la que reivindica a Jesús Franco como director de películas serie Z y casposas, con el referente de Killer Barbys, que es un pestiño. Incluso dentro de la filmografía de Franco.

Yo, como no podría ser de otra forma, me quedo en el justo medio. Haber sido ayudante de Orson Welles tiene su mérito, ciertamente, per0 eso no te asegura un puesto en el Edén de los genios cinematográficos. Para mí, el mayor mérito de Jesús Franco ha sido su longevidad creativa y, sobre todo, que siempre se ha dedicado a lo que le gustaba, o sea, a hacer cine. Que su sentido del gusto tire hacia un lado u otro ya es casi accesorio, y permite que tenga una nómina de títulos alucinante: desde Lucky, el intrépido hasta El diablo que vino de Akasawa; desde El muerto hace las maletas hasta La sombra del judoka contra el doctor Wong; desde Rififí en la ciudad hasta El hombre que mató a Mengele.

Y sin olvidar dos grandes constantes de toda su filmografía. Por un lado, la recreación de mitos del cine de terror: El Conde Drácula, El castillo de Fu Manchú, o un título mítico de mi infancia, Drácula contra Frankenstein. Por otro, sus incursiones en el género erótico, que fueron evolucionando hasta la pornografía hard. De sutilezas como Los amantes de la Isla del Diablo, 99 mujeres o Sexo Caníbal, pasó a otros títulos tan inequívocos como El ojete de Lulú, Las chuponas o Phalo Crest (otro mítico). Aquí va un bonito montaje con algunos carteles de sus películas, vistoso aunque bastante incompleto. Lo mejor es hacer un rastreo por su filmografía completa.

En todo caso, para mí Jesús Franco siempre ha tenido dos detalles de buen gusto: su costumbre de usar seudónimos de músicos de jazz como Clifford Brown o James P. Johnson para firmar algunas de sus películas, y tener como compañera personal y laboral a Lina Romay, que en sus años mozos fue una chica de muy buen ver (otro mito más, éste ya de juventud). Como quien tuvo retuvo, en la gala de los Goya se mostró bastante esplendorosa, como se atisba en esta foto: