Septiembre 2009


Hoy he aprendido cuál es el origen del ‘error 404‘, cuando no se encuentra una página web que estás buscando. Y un rato después, zascandileando por la red, me he topado con esto otro:

404

(y que conste que yo tengo importantes intereses contraidos con Teruel, ¿eh? Lo cual no quita para que lo considere un bonito rasgo de humor negro.)

Hoy me enterado de que el pasado 19 de septiembre murió Alan D. Deyermond, hispanista especializado en literatura medieval. Deyermond fue para muchos estudiantes de Filología Hispánica la puerta de entrada a la literatura medieval española, y el primer tomo de la Historia y crítica de la Literatura Española dirigida por Francisco Rico, de cuya edición se encargó él, será para siempre el déyermond, la referencia primaria de consulta para esos temas.

Recuerdo que hace ya bastantes años (era yo todavía estudiante) Alan Deyermond vino a la facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza a dar una conferencia. Tenía todos los ademanes típicos de profesor inglés, incuyendo un marcado acento británico en su español. El tema de su conferencia era “El erotismo en la literatura medieval española”, y el Aula Magna de Filosofía estaba llena hasta arriba. Deyermond entró, echó un vistazo al aula abarrotada y comentó con ironía también muy británica: “Me alegra mucho el interés que suscita la literatura medieval española”.

Descanse en paz.

Hace unos días leí en Microsiervos una entrada (que muy poco después retomó también La cárcel de papel) en la que se equipara a Neil Gaiman con Chuck Norris. Aparte del componente lúdico-festivo, esta comparación es buena muestra de la admiración que Gaiman genera.

Precisamente estos días he tenido ocasión de completar la colección de la obra más conocida de Gaiman, y la que le llevó a lo más alto de la fama a principios de los años 90, The Sandman, gracias a que una conocida cadena comercial en Zaragoza ha puesto de saldo toda la colección. Ahora tengo un montón de volúmenes esperando a que los lea, cosa que haré con calma, porque la premura no es aconsejable en una obra de estas características.

La densidad literaria de Gaiman me ha hecho recordar inevitablemente al otro guionista británico que puso patas arriba los comics hace veinte (o más) años: Alan Moore. Tal vez las comparaciones son inevitables, pero desde luego lo que no son es odiosas. De hecho, el propio Gaiman ha reconocido que empezó a interesarse por los comics después de entrevistar a Moore, y los dos autores han demostrado en más de una ocasión su amistad, como puede comprobarse en esta foto, durante la boda de Moore:

gaiman-moore

Disfrutar con las historias de Gaiman no es excluyente para hacerlo con las de Moore, ni viceversa. Ambos son exigentes con el medio que usan para narrar sus historias, con los dibujantes que plasman sus ideas y con el lector que las va leyendo. Sólo hay que ver que en internet existen páginas de anotaciones de sus comics. Por ejemplo, aquí hay unas cuantas dedicadas a Moore, y en esta otra hay anotaciones a The Sandman.

Yo, no obstante, siempre me he decantado más por Moore que por Gaiman, seguramente porque a aquél lo he seguido con más atención que a éste. The Sandman tiene un montón de virtudes, no lo niego (hay sitios, como éste, donde se enumeran de manera estupenda); alguien apuntó en algún momento que The Sandman hizo que muchas mujeres se interesasen por los comics, cosa que tiene su mérito (sólo años después la explosión del manga lograría algo similar). Y el mundo de referencias literarias, poéticas, históricas o simplemente culturales que despliega Gaiman en sus distintos arcos narrativos es fascinante. Con su personal forma de escribir, además, Gaiman construyó una obra  sólida y sistemática, que va creando su propio ritmo mientras avanza; y eso, en los tiempos en que lo hizo, no era nada usual.

Moore, por su parte, también hizo todo eso, pero además retorció sin piedad las convenciones de los comics, y encima haciéndolo desde dentro. Dejando aparte sus soflamas políticas, como las de V de Vendetta, obras suyas como Watchmen o Miracleman (serie que, por cierto, continuó escribiendo Gaiman cuando Moore la dejó) son buenos ejemplos de esa voluntad de reflexionar sobre el género; y cuando quiso ponerse menos trascendente pero igual de iconoclasta con la industria en la que trabajaba, imaginó series como Supreme o 1963, donde se riza el rizo de la autorreferencia del universo de superhéroes (aunque también lo hizo muy bien cuando escribió guiones para Superman o Batman). En definitiva, yo a Moore siempre lo he visto más guerrillero (o más bien, maquis) que a Gaiman.

Pero no por ello voy a dejar de disfrutar leyendo sus historias de Morfeo, Muerte y el resto de los Eternos.

Una vez más, una búsqueda de lo más inocente en internet me ha traido resultados sorprendentes. Como es esta pegadiza canción y su hipnótico vídeo:

Los subtítulos, además, son un valor añadido.

(Que conste que yo no uso esas sustancias; pero una cosa no quita la otra).

Mi último descubrimiento gracias a internet ha sido un redescubrimiento: la serie de televisión UFO, más conocida en España como OVNI. Yo la tenía en la memoria más remota porque era muy pequeño cuando la echaron en la tele, pero me ha entusiasmado volver a verla. Tanto, que voy a hacer una lista con lo que me ha cautivado de esta serie:

  • salió de la factoría Anderson, el matrimonio formado por Gerry y Sylvia que ya había contribuido al género de la ciencia ficción televisiva dando muy buenas series, como los Thunderbirds, y que aún habría de dar otro título muy bueno: Espacio 1999 (otra serie que forma parte de mi educación sentimental).

  • como todas las series de los Anderson, la ambientación es un factor fundamental. La serie es de 1970, y la acción transcurre en 1980. Esto supone un atrevido riesgo de anticipación de sólo diez años, aunque por los decorados, los atuendos y algunos peinados, la acción igual podría fecharse en un futuro lejano e incierto. Las pelucas de las chicas de la base lunar, los petos del comandante Stryker o las camisetas de rejilla de los tripulantes de la base submarina dejan con la boca abierta. Bien es cierto que muchas escenas transcurren en el interior de los cuarteles secretos de SHADO o en su base lunar, lo que permite ciertas fantasías tecnológicas. Por supuesto, y a pesar de los  avances tecnológicos, no hay ordenadores personales; da igual, en el 1980 de verdad tampoco los habría.

  • la caracterización de los personajes está muy bien. La expresividad no suele ser lo más destacado de los actores de la serie (en eso se parecen un poco a las marionetas que anteriormente habían usado los Anderson). Sin embargo, lejos de ser un defecto, en OVNI se convierte en una virtud. El protagonista de la serie es Ed Stryker, un oficial del ejército estadounidense al que rara vez se le ve sonreir. Es un tipo impermeable con el que cuesta empatizar pero que tiene un magnetismo irresistible. Y casi todo el resto del reparto es igual de impenetrable. Eso sirve para que el espectador no acabe de fiarse de ellos, y algunos de los capítulos se basan en ello.

  • las historias también se contagian de esa seriedad de los personajes. Desde luego, es una serie inglesa de los 70, con lo que el ritmo no tiene nada que ver con una americana del 2000. Tampoco se busque una profundidad insondable, pero las tramas son sólidas y consistentes. Eso sí, narradas con los elementos necesarios. La premisa es que los habitantes de un planeta lejano vienen a la Tierra para raptar humanos cuyos órganos les sirvan de recambio. Para impedir que se produzca un pánico generalizado se crea una organización secreta llamada SHADO (Supreme Headquarters Alien Defence Organisation) encargada de repeler la subrepticia invasión extraterrestre. Esto permite desplegar unos efectos especiales modestos pero que no resultan ridículos a nuestros ojos digitales, pero también contar historias en las que las explosiones y las peleas no son lo más importante.

  • la música de la cabecera es formidable. Aquí se puede escuchar, seguro que a más de uno le revive los recuerdos (yo me la he puesto en el móvil).

  • ¡los protagonistas fuman a todo meter! Y en sus lugares de trabajo…

Pero además de todo eso, yo tengo otro aliciente personal relacionado con la serie, y es que yo la tenía asociada a Mortadelo. Me explico: en OVNI, los extraterrestres viven a miles de años luz de la Tierra, así que para hacer el viaje más llevadero, a los invasores les llenan el traje espacial de un líquido verdoso para que se conserven. Creo que en algún capítulo se ve cómo lo hacen, pero no he podido encontrar testimonio gráfico. Bien, pues cuando de pequeño leí Chapeau el Esmirriau, una de las historias clásicas de Mortadelo, asocié esta escena con los extraterrestres de OVNI:

mortadelo

De hecho, siempre había creido que Ibáñez se había inspirado en OVNI para dibujarla. Consultando la cronología de las historias de Mortadelo (que puede hacerse, por ejemplo, en esta valiosísima página para cualquier seguidor de Ibáñez, Mortadelo y Bruguera), resulta que Chapeau el Esmirriau se publicó entre 1970 y 1971, o sea, justo cuando se hizo la serie de televisión. Lo que ya soy incapaz de recordar es cuándo se emitió en la televisión española. En todo caso, la figura de los invasores de OVNI sí que parece tener un no-sé-qué mortadeliano. A ver si fueron los Anderson los que copiaron a Ibáñez…

Nunca he sido muy aficionado a las iniciativas populares, pero ésta que he leído en Microsiervos me ha llamado la atención: Campaña por una disculpa oficial a Alan Turing. Copio y pego de la entrada (tiene licencia Creative Commons):

Alan Turing fue una de las figuras clave en el trabajo de Bletchley Park para descifrar los códigos utilizados por el ejército alemán durante la segunda guerra mundial, algo que como poco contribuyó a acortar en algunos meses la guerra.

Antes de la guerra ya había publicado On computable numbers, with an application to the Entscheidungsproblem, un trabajo que ha sido fundamental para el desarrollo de la informática tal y como la conocemos hoy en día, pues en él se describe lo que ahora se conoce como máquina de Turing, que es el modelo en el que se basan todos los ordenadores.

Después de la guerra diseñó el Automatic Computing Engine, un ordenador electrónico de programa almacenado en memoria que podía haber sido uno de los primeros ordenadores modernos del mundo, y más tarde trabajó en el desarrollo de un lenguaje de programación del Manchester Mark I.

Pero desafortunadamente para la época en la que le tocó vivir Turing era homosexual, lo que a principios de los 50 en el Reino Unido se consideraba delito, por lo que cuando su condición sexual se hizo pública Turing fue juzgado y condenado sin que importaran en nada sus contribuciones científicas ni a la lucha contra los nazis.

Esta condena hizo que se viera apartado de los proyectos considerados más sensibles al serle retiradas sus credenciales de seguridad, y además Turing escogió seguir un fuerte tratamiento hormonal a cambio de no ir a la cárcel y poder permanecer en libertad condicional.

Y aunque no hay pruebas de que esto fuera así ya que no dejó ningún tipo de nota al respecto, hoy en día se da prácticamente por seguro que el verse apartado de su trabajo y los efectos del tratamiento con estrógenos lo llevaron a tomar la decisión de suicidarse el 7 de junio de 1954.

Desde entonces Turing permanece prácticamente olvidado por el país que lo vio nacer, donde apenas hay una placa que indica la casa en la que vivió y una calle que lleva su nombre, así que hace unos días, John Graham-Cumming ha puesto en marcha un par de iniciativas para intentar poner remedio a esto.

Por un lado, ha remitido una carta a la reina Isabel II, Letter to Her Majesty The Queen, en la que pide que Turing sea nombrado caballero a título póstumo, y por otra ha iniciado una petición para que el primer ministro se disculpe formalmente por el proceso llevado a cabo contra Turing.

Graham-Cumming tiene muy pocas esperanzas de que Turing vaya a ser indultado o de que se le vaya a conceder el título, pero como él mismo dice, y no puedo estar más de acuerdo, «Lo más importante para mi es que la gente oiga hablar sobre Alan Turing y que se de cuenta de su increíble impacto en el mundo moderno, y de cuán terrible fue el impacto de los prejuicios en él».

Hasta aquí la entrada seria. Pero el caso de Turing a mí me recordó otra imagen que había visto hace ya tiempo, y que finalmente he encontrado aquí (resulta que en Microsiervos también la habían sacado). Ahí va:

destroy the computer