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Departiendo el otro día con un conocido sobre los relatos de mi libro Vísperas de nada, me señaló una influencia que casi nunca menciono: la de Boris Vian. Yo creo que es porque a Vian lo tengo ya tan asimilado, que me parece demasiado evidente citarlo. Y ahora, me pondré abuelo Cebolleta:

El Lobo-Hombrela primera vez que leí a Boris Vian fue en un tebeo (sí, sí), que se llamaba Metropol, del que apenas he encontrado rastro por internet, excepto alusiones lejanas y subastas de eBay. Era un comic-book (o sea, una revista de historietas) en donde también incluían relatos. Y en uno de sus números salía El amor es ciego, uno de sus cuentos. Para un quinceañero con ínfulas culturetas como yo en ese momento, aquello fue una revelación. No mucho después, y por esas cosas de las casualidades, encontré el libro del que salía el relato: El lobo hombre, en la benemérita colección Libro Amigo de Bruguera.

Si un relato me había dejado boquiabierto, el libro entero me volvió el cerebro del revés. En plena época de mi formación intelectual, Vian me abrió el horizonte hacia la ironía, el absurdo y el cachondeo (verbal y físico), y a la vez hacia la implacabilidad y la violencia de los sentimientos.

Ni qué decir tiene que me convertí en un adicto a Boris Vian. Rastreando por librerías de lance fui haciéndome con otros libros suyos: Las hormigas, su otro libro de relatos; El otoño en Pekín, su novela más extensa; El arrancacorazones, otra novela, en la que Vian se muestra más desolador y angustiado; La hierba roja… Incluso otras obras más raras si cabe, como Jaleosas andadas, imaginativa traducción de Trouble dans les Andains.

Poco a poco fui sabiendo más cosas de la vida del autor, entre otras su desdoblamiento como escritor de novelas negras, bajo el seudónimo de Vernon Sullivan. Conque, hala, otra vez a buscar títulos: Escupiré sobre vuestra tumba, que es un pastiche salvaje pero todavía contenido; y Que se mueran los feos, Con las mujeres no hay manera y Todos los muertos tienen la misma piel, mucho más pasadas de rosca, llegando a ser verdaderas parodias, sobre todo las dos primeras.

La obra poética de Vian tardé bastante más en conocerla. Sabía de su faceta de cantautor, con su canción Le déserteur como creación emblemática, pero no había tenido ocasión de leer su poesía. En una de mis estancias en Italia me compré una edición bilingüe (francés-italiano) de Je voudrias pas crever, uno de sus poemarios, y comprobé que no me perdía nada si no leía los versos de Vian.

Sin embargo, como narrador sí que sigo teniéndole un profundo respeto: tiene una imaginación desbordante, con un refrescante gusto por el ingenio, y a la vez es capaz de mostrar la más negra de las angustias cotidianas. En sus obras describe tan bien orgías etílicas y venéreas como amores delicadísimos. Es, en fin, un autor brillantemente paradójico. Y algo similar sucedía con su propia vida: ¿qué puede decirse de un hombre que, a pesar de tener graves problemas pulmonares, se afanaba en interpretar jazz a la trompeta?

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