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He pasado una Semana Santa que, en algunos aspectos, me ha retrotraído a cuando era un crío y veía películas de romanos. A ello han contribuido las sesiones intensivas que Cuatro ha dedicado a la segunda temporada de la serie Roma. De hecho, continúo aún en ello, porque tal y como se lo han planteado los programadores de la cadena, era prácticamente imposible seguirla in situ –creo que aquí el latín no está mal traído–.

Seguro que luego la reponen, pero me parece muy sorprendente que se hayan merendado los diez capítulos de la segunda temporada en sólo tres entregas, durante los días de Semana Santa y en horario nocturno profundo. Puede que la primera temporada no tuviera el éxito esperado, pero vaya, tampoco es para tratarla así.


El caso es que Roma es una serie que a mí me gustó mucho desde el primer capítulo, y que además, según dicen quienes entienden, tiene voluntad de fidelidad, sobre todo en lo tocante a puesta en escena. Incluso los dos personajes principales que no pertenecen a la Historia (con mayúsculas), Tito Pulo y Lucio Voreno, los han tomado de la Guerra de las Galias de Julio César, como bien dicen en esta muy recomendable página.

Con otros personajes, los guionistas han tenido que pagar el tributo de tener que hacer una trama atractiva y entretenida. No ha habido problema con Marco Antonio, del que clavan su carácter bravucón, mujeriego y hábil en la batalla; todo un personaje, vaya. También está bien la caracterización de Cicerón, de quien se acentúa tal vez demasiado su oportunismo y su tendencia a cambiar de chaqueta. Pero la que peor parada ha salido en la adaptación es la madre de Octavio (el futuro Augusto), Atia, cuya versión histórica por lo visto no tiene nada que ver con la mujer maquiavélica que aparece en la serie.

Bueno, la cuestión es que estos días continuaré viendo los capítulos que me grabé durante Semana Santa. Doy mi palabra de que no contaré cómo acaba, y eso lo digo por algo: hace un tiempo estaba hablando con alguien sobre la primera temporada de la serie, y cuando dije que se acababa con el asesinato de César, mi interlocutor se me quedó mirando perplejo, como si le hubiese chafado el desenlace. ¡De verdad que me pasó!

 

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