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El otro día se le rompió la entrada USB a mi Mp3, con lo cual no sólo no puedo poner y quitarle archivos, sino que tampoco puedo cargarle la batería. O sea: adiós al aparatito. Decidí que, por lo menos, tuviera oportunidad de morir al pie del cañón, y que gastase lo poco que le quedaba de batería reproduciendo música adecuada para la ocasión. La elegida fue Einstein on the Beach , de Philip Glass .

Ésta fue la obra que me descubrió a Philip Glass, hace unos veinte años –a Einstein on the Beach, por cierto, me la descubrió mi buen amigo Luis Carlos Marco–. Recuerdo que en su momento me dejó atónito y ojiabierto, y con el tiempo apenas ha variado mi apreciación por ella. Para quien no lo sepa, Einstein on the Beach es una ópera minimalista, estructurada en tres actos, y que supone una de las más radicales muestras del estilo compositivo de Philip Glass: escalas que se repiten una y otra vez, amplios desarrollos orquestales donde las variaciones van apareciendo muy poquito a poco, figuras rítmicas obsesivas… A esto se suma la práctica carencia de argumento, o que las partes cantadas son en muchos casos sucesiones de números (“one-two-three-four-one-two-three-four-one-two-three-four—two-three-four”, por ejemplo).

'Knee Play 2' from Philip Glass' 'Einstein on the Beach' with Sheryl Sutton (left) and choreographer Lucinda Childs (right). Photo by Johan Elbers.Sin embargo, esta ópera se ha puesto en escena en alguna ocasión, y de hecho, yo recuerdo haber visto en la tele (Metrópolis, no podría ser otro) algún fragmento de la ópera, con coros vestidos con camisa blanca, pantalón negro y tirantes, y un Einstein que comenzaba a tocar el violín. Otra de las peculiares características de la obra es su duración: unas cinco horas (en la versión grabada se reducen a tres y media). El escenógrafo original, Robert Wilson , aconsejaba a la gente que entrara y saliera con total libertad durante la representación. Es una forma de entender la música parecida a aquello que decía Erik Satie sobre que sus obras eran para amueblar habitaciones: la música está ahí, y el oyente puede moverse, pasar junto a ella o dejarla a un lado, pero sigue allí.

Con Einstein on the Beach a mí me pasa algo similar, y por eso la llevo muchas veces en mi Mp3: es una música que me sirve para concentrarme y a la vez desconectar de lo que tengo alrededor. Además, gracias a esta ópera descubrí a un excelente compositor, Philip Glass, del que todavía tengo grabado el recuerdo de cuando vino a Zaragoza para actuar en el Teatro Fleta (este dato dice bastante de cuánto tiempo ha pasado). Fue una experiencia entonces novedosa: en la pantalla del cine echaban Koyaanisqatsi, una película documental de la que Glass había escrito la banda sonora, y a la vez su banda la interpretaba en directo. El resultado fue abrumador.

 

Curiosamente, durante mucho tiempo la única copia que tuve de Einstein on the Beach fue un cassette grabado de la radio –del programa Diálogos 3, con Ramón Trecet en Radio 3; otro clásico–, y solamente internet me brindó la posibilidad de hacerme con la obra en formato digital, por medios un tanto inconfesables aquí. Lo cual es un argumento a favor de que todo está en internet, porque desde luego, las obras de Philip Glass no son de lo que más transite por el eMule.

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