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El pasado fin de semana fue la entrega de los Goya, unos premios que todo el mundo trata con cierta displicencia, pero que luego todos comentan, como unos Oscar quiero y no puedo. Aparte de los premiados habituales, a mí me sorprendió mucho que le dieran el Goya de Honor a Jesús Franco, cuya presencia en las crónicas de los actos creo que ha pasado mucho más desapercibida que el vestido de tal o el escote de cual. Y eso que es un tipo que da mucho juego si quiere sacársele partido. Para quien no sepa quién es este señor, aquí va el momento de la entrega del Goya con una pequeña retrospectiva del autor (lamentablemente, la presentación corre a cargo de Santiago Segura, que es un tipejo al que no soporto):

A la hora de referirse a Jesús Franco, existen básicamente dos vertientes: la cinéfila seria es la que siempre menciona que fue ayundante de dirección de Orson Welles en Campanadas a medianoche. La otra, cada vez más abundante, y más devaluada conforme se hace más generalizada, es la friki y modernilla: la que reivindica a Jesús Franco como director de películas serie Z y casposas, con el referente de Killer Barbys, que es un pestiño. Incluso dentro de la filmografía de Franco.

Yo, como no podría ser de otra forma, me quedo en el justo medio. Haber sido ayudante de Orson Welles tiene su mérito, ciertamente, per0 eso no te asegura un puesto en el Edén de los genios cinematográficos. Para mí, el mayor mérito de Jesús Franco ha sido su longevidad creativa y, sobre todo, que siempre se ha dedicado a lo que le gustaba, o sea, a hacer cine. Que su sentido del gusto tire hacia un lado u otro ya es casi accesorio, y permite que tenga una nómina de títulos alucinante: desde Lucky, el intrépido hasta El diablo que vino de Akasawa; desde El muerto hace las maletas hasta La sombra del judoka contra el doctor Wong; desde Rififí en la ciudad hasta El hombre que mató a Mengele.

Y sin olvidar dos grandes constantes de toda su filmografía. Por un lado, la recreación de mitos del cine de terror: El Conde Drácula, El castillo de Fu Manchú, o un título mítico de mi infancia, Drácula contra Frankenstein. Por otro, sus incursiones en el género erótico, que fueron evolucionando hasta la pornografía hard. De sutilezas como Los amantes de la Isla del Diablo, 99 mujeres o Sexo Caníbal, pasó a otros títulos tan inequívocos como El ojete de Lulú, Las chuponas o Phalo Crest (otro mítico). Aquí va un bonito montaje con algunos carteles de sus películas, vistoso aunque bastante incompleto. Lo mejor es hacer un rastreo por su filmografía completa.

En todo caso, para mí Jesús Franco siempre ha tenido dos detalles de buen gusto: su costumbre de usar seudónimos de músicos de jazz como Clifford Brown o James P. Johnson para firmar algunas de sus películas, y tener como compañera personal y laboral a Lina Romay, que en sus años mozos fue una chica de muy buen ver (otro mito más, éste ya de juventud). Como quien tuvo retuvo, en la gala de los Goya se mostró bastante esplendorosa, como se atisba en esta foto:

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Un pensamiento en “El Goya de Franco

  1. ¿Sabe a quién parece estar retratando usted, Mr Vísperas? Pues a Ed Wood, por lo menos al Ed Wood que perfiló ese chico de los pelos en su filme de hace algún tiempo…

    Créame, que soy marciano y sé lo que le digo.

    Saludos galáktikos.

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