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En mi casi habitual colaboración semanal en la sección de libros de El Periódico de Aragón, la semana pasada tiré por la poesía, y además de ámbito aragonés. Mi reseña fue para El ángulo y la llaga, de José Antonio Conde, que publicó hace poco Olifante.

Cuando hace años leí el primer libro de Conde, La vigilia del mármol, me quedé muy sorprendido ante este poeta que parecía surgir de repente, con unos poemas muy personales y una fuerza arrebatadora. Luego he ido siguiéndole la pista mal que bien, y me alegré mucho cuando me dijo que Olifante le iba a publicar este libro.  En El ángulo y la llaga, José Antonio Conde jugaba con algún elemento en contra (a mi parecer), como el pie forzado de que cada poema está dedicado a una mujer, y que todos ellos tienen una estructura igual, con dos textos complementarios. Pero de todo ello hablé en mi reseña de El Periódico, que pongo a continuación:

Una galería de retratos femeninos dibujados con la escuadra y el cartabón de la poesía

El anterior libro que publicó José Antonio Conde antes de ‘El ángulo y la llaga’ fue ‘La diferencia que cubre la trampa’, con el que ganó el premio de poesía erótica Cálamo-Gesto. Quien conozca el estilo de este poeta ejeano no buscará en sus versos desatadas manifestaciones de pasión lujuriosa en aquel libro; en el que ahora ha publicado Olifante, que está dedicado a una serie de mujeres concretas, el lector avisado tampoco esperará encontrar una colección de poemas llenos de piropos. El hacer de José Antonio Conde funciona de otra manera, más contenida pero no por ello desprovista de fuerza. De hecho, una de las virtudes de su poesía es un engañoso tono de voz baja, sin afectación o efectismo, pero de una textura diamantina, como cuando dice en un verso: “En tu cuerpo solo cabe el rapto o la barbarie o la ruina”.

La estructura de ‘El ángulo y la llaga’ es tan diáfana y a la vez tan meditada como la propia poesía de José Antonio Conde: a cada una de las 39 mujeres convocadas en el libro le corresponden dos textos, que se complementan formando una galería de retratos a la vez realistas y a la vez fantásticos. El autor utiliza indistintamente la prosa y el verso, pero en cualquier caso el resultado es poético siempre; incluso cuando los textos sirven para contextualizar a la mujer de la que se habla (como sucede, por ejemplo, con Casta Álvarez o Kiri Te Kanawa), no pueden escapar a la escuadra y cartabón de José Antonio Conde, que delinea ángulos de poesía en donde las palabras multiplican sus reflejos. Unos reflejos que con su claridad alivian en muchos casos la herida (la llaga) de estas mujeres, marcadas por destinos sombríos. Como dice José Antonio Conde en otro de sus versos: “Un sol apaga el aullido, el querer guarda el frío”.

Algún poema de este libro me ha recordado al Lezama Lima más vertiginoso, como este titulado “Vesta”:

La costumbre va cayéndose en orden, en una nómina de templos que ignoran el sabor de la cintura.
Su quitón de astros guarda el jumento y Príapo no roza el aríbalo, no sofoca el perfume entre los pórticos.

Jamás turbia.

Diosa del hogar, Vesta tiene su morada en el Olimpo y es una diosa virgen.
Sin prisa en el afecto, agrupa los dones y completa la paciencia.

(Esto lo añado yo: un aríbalo es un vaso griego de base ancha y cuello estrecho. Tiene incluso entrada propia en la Wikipedia.)

Un pensamiento en “José Antonio Conde: El ángulo y la llaga

  1. Pingback: José Antonio Conde: Un juego de llaves | Vísperas de nada

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