Home

La semana pasada saqué en El Periódico de Aragón la reseña de un libro de Flaubert, aunque quizá no sea ésta la forma más exacta de definirlo. En realidad, “Querida maestra…” no es un libro de Flaubert, sino que en él se recogen algunas de las cartas que escribió el autor francés. Esta precisión podría derivar en un interesante debate sobre la licitud de publicar la correspondencia de un escritor, y la forma en que ésta se debe leer. De cualquier forma, en este caso concreto yo celebro que se publiquen las cartas de Flaubert, porque me parece un autor muy interesante tanto en su faceta de creador como cuando se dedicaba a la correspondencia.

El destino de Flaubert de cara a la posteridad no deja de ser paradójico. Él estaba en contra de que el autor se asomase en su obra, y prefería quitarse de en medio, dejando que fuera su obra la que hablase por él. Sin embargo, se ha convertido en un icono y una referencia. Sus bigotazos son inconfundibles, y su inflexible perspectiva de la humanidad han influido a toda la literatura posterior a él. En “Querida maestra…” hay buenas muestras de esa irreductible forma de pensar. Esto fue lo que escribí sobre el libro:

Las ideas de Flaubert a través de una parte de su rica correspondencia
Leer la correspondencia de un escritor es como mirar debajo del mantel, ya que en ella se encuentra al autor sin trampa ni cartón pero ejerciendo su labor, esto es, escribiendo. Ha habido autores que parecen intuir esa voracidad curiosa de los lectores, y que no se relajan ni al escribir felicitaciones de Navidad; otros, como Flaubert, se dejan retratar tal y como eran en su correspondencia, que fue copiosa, continua y tan sustanciosa como su obra literaria oficial.
El Olivo Azul edita ahora en “Querida maestra…” dos fragmentos de esa vasta correspondencia, la que Flaubert mantuvo con dos escritoras, George Sand y Leroyer de Chantepie. Las cartas adoptan distintos tonos: con Sand, Flaubert parece estar conversando de tú a tú con un viejo amigo –aparte de algún convencionalismo formal–, mientras que la relación con Chantepie es más la de un mentor con su pupila. Por ello, los contenidos son también distintos. En la correspondencia con Sand se intercambian opiniones sobre literatura, pero también sobre la situación contemporánea (son cartas de 1866 a 1876), que reflejan con claridad la ideología de ambos, autores que veían sin compasión la estulticia humana de su tiempo, y se indignaban por ello.
En las cartas que dirigió a Leroyer de Chantepie, desde 1857 a 1876, aunque con largas lagunas, Flaubert paradójicamente se retrata menos por lo que escribe que por lo que describe de sí mismo. No obstante, entre ellas puede encontrarse una lapidaria poética del escritor, tan contundente que ha merecido la contraportada del libro: “El artista debe estar en su obra como Dios en la creación, invisible y todopoderoso; que se le sienta por doquier, pero que no se le vea”. Como todo lo que escribió Flaubert, estas cartas hacen creyente a cualquier lector.

Me parece que queda claro que soy un rendido admirador de Flaubert. Y eso que siempre le he prestado más atención a sus obras raras,  como La tentación de San Antonio –inspiración nada disimulada de alguna cosa que he escrito– o Bouvard y Pecuchet, la novela que dejó inacabada. Todo lo que escribió, cartas incluidas, me parece una lectura tremendamente recomendable, aunque para mí uno de sus momentos más sublimes es la forma en que termina la primera parte de Madame Bovary.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s