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Para mi penúltima entrega de reseñas del 2009 en El Periódico de Aragón me metí en un pequeño berenjenal. Opté por comentar El mundo físico a finales de la antigüedad, un libro que prometía ser interesante. Lo es, qué duda cabe, pero también es bastante exigente. Mientras lo leía, tenía la sensación de que me estaba dejando por el camino mucha información, cosa que me dio bastante rabia. Yo achaco esto a un par de razones: la primera, mi propia ignorancia ante los temas que trata el autor. Y la segunda –y esto lo ponía en la reseña–, que es un libro publicado originalmente en 1962; o sea, su actual edición se beneficia del creciente interés de la sociedad por los libros científicos, pero su contenido no proviene de la corriente divulgadora de estos últimos tiempos, y se acerca más a un texto académico que a uno pensado para el gran público. Lo que dije del libro en El Periódico de Aragón fue esto:

Una etapa poco conocida en el sinuoso camino hacia el conocimiento

Las ciencias no han recorrido un camino rectilíneo a lo largo de su historia, y la búsqueda del conocimiento y de la explicación del mundo que nos rodea ha descrito numerosos meandros. Dentro de esa larga singladura, el periodo histórico en que se centra ‘El mundo físico a finales de la antigüedad’ puede parecer de poco interés, después de que Aristóteles hubiera formulado su visión totalizadora de la naturaleza (de la ‘physis’), que sólo fue realmente sustituida mucho después por la propuesta por Newton.
Sin embargo el autor de este libro, Shmuel Sambursky, demuestra cómo la historia de las teorías físicas no permaneció dormida durante todo este tiempo. Sambursky parte del sistema aristotélico –y, por oposición, del platónico, que durante mucho tiempo fue el gran derrotado en esa pugna que Rafael retrató tan bien en su pintura La escuela de Atenas– y va recorriendo algunos temas fundamentales como la materia, el movimiento o el espacio y el tiempo, en donde confluyeron a menudo las opiniones de filósofos y científicos, y que fueron motivo de discusión en los siglos anteriores a la Edad Media. Igualmente, el autor señala también las subterráneas relaciones entre la física moderna y algunos atisbos teorizadores de los griegos clásicos tardíos, como el relativismo del tiempo o la naturaleza corpuscular de la materia, y cómo el primer cristianismo influyó también en la visión de alguno de aquellos científicos de la antigüedad tardía.
Una última advertencia: la edición original del libro es de 1962. Quiere esto decir que no es un volumen surgido de la actual moda de libros científicos divulgativos, sino que es un sólido estudio, respaldado por una gran cantidad de datos, fuentes y erudición, pero que en algunos momentos pueden abrumar al lector.

Es cierto que mientras leía el libro me vino a la memoria la pintura de La Escuela de Atenas, con todos los filósofos y científicos que en ella aparecen (para un quién es quién en la pintura puede consultarse la Wikipedia). En particular, la figura de Platón señalando al cielo de sus Ideas y la de Aristóteles, que con su gesto parece echar el balón a tierra.

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