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Émile Zola es un escritor bien conocido por sus novelas naturalistas. Pero no se dedicó solamente a este género, y como buen escritor todoterreno también cultivó el relato. La editorial El Olivo Azul, a la cual ya he dedicado unos cuantos elogios (merecidos, creo yo), editó algunos de esos relatos, de los cuales me hice eco en El Periódico de Aragón, donde escribí lo siguiente:

El padre del naturalismo se enfrenta a la muerte desde cuatro perspectivas
Bajo el título ‘El arte de morir’, la editorial El Olivo Azul ha recogido cuatro relatos de Émile Zola, el autor francés más representativo del naturalismo, una ‘escuela’ literaria que él mismo se encargó de desarrollar a través de una larga serie de novelas y algún que otro ensayo programático en el último cuarto del siglo XIX. El naturalismo era un descendiente directo del realismo aderezado con un determinismo social e incluso genético que lo despojaba todavía más de florituras y lo acercaba al experimento científico.
Debido a sus propios planteamientos, es en la novela –o mejor aún, en las series de novelas– donde se aprecian bien los planteamientos del naturalismo. Sin embargo, en los relatos recogidos en este volumen también pueden hallarse algunos rasgos característicos de esta corriente, si bien los cuatro textos son de por sí bastante distintos aunque con el común denominador de tener a la muerte como ‘personaje’ destacado. Por ejemplo, esa vocación diseccionadora mediante un estilo afilado como un escalpelo. Esa manera de escribir, en la que parece que Zola haya depurado a Flaubert hasta sus últimos límites, es evidente en los cuatro relatos, pero quizá donde más acentuadamente se vea es en “Una autopsia social”, cuyo título no deja lugar a dudas. En este relato el autor detalla la muerte, velatorio y entierro de cinco personas de distintas clases sociales, con aparente objetividad pero con una no disimulada toma de partido. También resulta interesante el cuento titulado “La muerte de Olivier Bécaille”, en donde los enterrados en vida de Poe se mezclan con la crítica social propia del naturalismo y las meditaciones del entonces incipiente existencialismo, un cóctel no recomendado para todos los paladares, por sus resultados sombríos y poco optimistas.

Me da la impresión de que Émile Zola no es un autor que se lea mucho hoy en día, y que pertenece a esa nómina de novelistas decimonónicos cuyo público lector parece haberse ido para siempre jamás. Y eso que por su concepción de la novela, se le podría considerar precursor de varios géneros en boga en la actual cultura audiovisual. Por un lado, del culebrón, con su serie de novelas sobre los Rougon-Macquart (que tenían como modelo a Balzac, por cierto, otro autor que no creo que tenga muchos seguidores ahora). Y por otro, de los reality-shows, y sobre todo de los que se venden como experimentos sociológicos. Zola también supo sacarle el morbo a la cruda realidad en sus novelas, y con una base científica; aunque seguro que se lo tomaba más en serio que los actuales productores televisivos.

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