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Confieso que los surrealistas históricos, con André Breton a la cabeza, siempre me han parecido bastante aburridos. Puestos a preferir algún -ismo de los de principios del siglo XX, me quedo con el dadaísmo o con el futurismo italiano. Aun así, me sorprendió encontrarme con un curioso libro publicado por la editorial Demipage, del que no pude resistirme a hacer la correspondiente reseña para El Periódico de Aragón. Aquí está:

Cuatro autores definen la ensoñación tan querida por los surrealistas
Sorprendente, curioso e intrigante es este libro que publica la editorial Demipage y que lleva como título ‘Trébol de cuatro hojas’, porque recoge textos de cuatro autores profundamente vinculados al surrealismo ‘histórico’, comenzando por el propio impulsor del movimiento, André Breton. Esa vinculación es muy pertinente, ya que los textos reflejan bien cómo los mismos surrealistas entendían el surrealismo, antes de que ese término se devaluara hasta perder su significado original, como sucede hoy en día. El tema elegido por los autores, además, es uno de los más queridos por los surrealistas: la ensoñación o, por ser más precisos, ese estado mental en el que el onirismo se entremezcla con el mundo cotidiano para producir una realidad superior, que suele ser mucho más rica y maravillosa.
A los surrealistas no sólo les gustaba escribir y describir esa ‘superrealidad’, sino también teorizar y pontificar sobre ella. En ‘Trébol de cuatro hojas’, dos de los textos son buena prueba de ello. Curiosamente, los dos se articulan como diálogos, lo que acentúa su carácter didáctico. En el caso de André Breton ese diálogo se convierte en una definición casi impresionista de la ensoñación, mientras que la intervención de Julien Gracq es más sistemática, pero no por ello menos poética.
Los otros dos autores que firman el libro, Lise Deharme y Jean Tardieu, pasan de la teoría a la práctica mostrando hasta dónde puede llegar la escritura cuando se la condimenta con el duermevela de la ensoñación. El texto de Deharme es suntuoso, majestuoso y está cargado de referencias culturales; el de Tardieu, por su parte, es más dinámico pero deja también espacio para la evocación y la sugestión. Y los cuatro, en suma, ofrecen al lector una lectura seductora, interesante e incluso edificante.

Una de las cosas que quería resaltar en la reseña es la pérdida de significado de la palabra surrealismo. El Diccionario de la Real Academia Española, tan serio cuando quiere, de surrealismo redirige a superrealismo, y lo define estrictamente como “Movimiento literario y artístico, cuyo primer manifiesto fue realizado por André Breton en 1924, que intenta sobrepasar lo real impulsando con automatismo psíquico lo imaginario y lo irracional”. Seguro que esa definición no convence a muchos hablantes, para quienes surrealismo (o surrealista) es más o menos sinónimo de raro. Y eso sin contar a quienes surrealista les parece una palabra demasiado elevada, y se han inventado surreal.

Son curiosas esas pérdidas de significado de las palabras cuando se convierten en lugares comunes. Flaubert lo sabía bien, y como era un tío con bastante mala leche escribió su Diccionario de lugares comunes, que sigue teniendo mucha vigencia hoy. Entre los términos relacionados con la literatura que podrían incluírse en una nueva edición, aparte de surrealista, no podrían faltar un par que quedan muy culturetas, y a los que sin embargo poco sentido les queda ya: dantesco y kafkiano.

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