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Una de las editoriales que me gusta reseñar es Nevsky Prospects, dedicada exclusivamente a la literatura rusa. Gracias a su peculiar catálogo he disfrutado de algunos libros tan exóticos como interesantes. Para mi penúltima reseña en El Periódico de Aragón del curso pasado elegí las Memorias literarias de Dmitri Grigoróvich, de las que dije lo siguiente:

La vida literaria rusa del siglo XIX retratada con vigor por uno de sus protagonistas
¿Merecen la pena las memorias literarias de un autor apenas conocido por el gran público, y donde el resto de los personajes mencionados son en su gran mayoría también ilustres desconocidos? Pues al contrario de lo que cabría pensar, sí. El lector que afronte sin prejuicios las ‘Memorias literarias’ de Dmitri Grigoróvich que recientemente ha editado Nevsky Prospects se encontrará con un libro entretenido, del que seguramente saldrá además enriquecido en cuanto a conocimientos de literatura rusa.
La obra puede leerse incluso como una novela de formación, con la trayectoria de un joven inquieto desde sus orígenes familiares hasta su establecimiento dentro del entorno intelectual del San Petersburgo decimonónico: la primera etapa preliteraria del autor muestra la enorme influencia de la cultura francesa en la Rusia del siglo XIX; y de sus años en la Escuela de Ingenieros se saca una buena referencia de la asfixiante y totalitaria sociedad rusa, que no es de extrañar que diera como resultado algunos desquiciados relatos de Gogol.
Pero lo más interesante son los recuerdos de Grigoróvich cuando comenzó a moverse por los círculos literarios. Es cierto que la mayoría de los nombres que cita resultan hoy muy lejanos; sin embargo, el vigor de los retratos y de las situaciones en que se mueven los retratados hace que no importe que no conozcamos a los personajes. Incluso cuando aparecen nombres más conocidos –Dostoiesvski, Turguéniev, Tolstói–, estos no se imponen al resto, y todos resultan igual de vivos e interesantes. En esto, curiosamente, Grigoróvich pareció no seguir su propia advertencia, que aparece en el libro: “Yo ya tenía la suficiente experiencia como para saber que los retratos tomados directamente de las personas vivas nunca dan resultado en la literatura”.

Es curioso que, aunque los contextos sean diferentes, haya una serie de constantes que parezcan repetirse en estas obras que retratan el escenario literario de un momento. Hace unos meses un amigo mío me decía que se había leído Las ilusiones perdidas, y que había comprobado lo poco que habían cambiado las cosas en el ámbito literario, que sigue repleto de figurones anhelando su puesto en el Parnaso, lo mismo que en tiempos de Balzac. En las memorias de Grigoróvich también hay algún retrato de este tipo, pero afortunadamente tampoco abundan mucho estos personajes. Se ve que tuvo más suerte que nosotros.

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