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Cuando cogí este libro por primera vez, tardé un poco en darme cuenta de que era rigurosamente contemporáneo. La editorial que lo publica, El Olivo Azul, suele tirar más a obras rescatadas, y confieso que aunque me sonaba el nombre del autor, Andrés Sorel, lo asociaba a tiempos más remotos de los que pertenece en realidad. Cuando me leí la solapa y la contraportada –tareas básicas de cualquier crítico literario– ya me centré un poco más. Cogí con ganas la novela, a pesar de que su contraportada promete “sexo y violencia, paisajes físicos y humanos, historias íntimas y dramas colectivos”, un cóctel que a priori no parece muy recomendable para todos los lectores. Me la leí aprovechando un fin de semana y esto fue lo que días después publiqué en El Periódico de Aragón:

Un alegato contra la guerra que recuerda el desastre colonial del 98
El escritor y periodista Andrés Sorel ha echado el resto con ‘Las guerras de Artemisa’, su más reciente novela, publicada por El Olivo Azul. Sin embargo, y lamentablemente, los resultados son desiguales.
Lamentablemente, porque el compromiso del autor es más que patente al escribir un libro donde se retrata con mirada inflexible la guerra de Cuba, ese ‘Vietnam’ para la España de finales del siglo XIX.
Sorel comienza la novela con vigor en sus primeros capítulos, donde lo mismo pueden rastrearse ecos de Valle Inclán o de Pérez Galdós –autores casi de lógica referencia, estando la obra ambientada durante el desastre colonial español–, que de autores de otras literaturas, como Conrad e incluso Faulkner. Pero luego la narración va perdiendo su destino y la novela su ritmo, avanzando a trompicones. Conforme transcurren las páginas la historia deja de tener solidez estructural, aunque no estilística, porque Andrés Sorel mantiene en todo momento la alta calidad de su lenguaje, e incluso ensaya cambios de perspectiva y de voz narrativa resueltos con pulso firme.
La falta de definición de los personajes no ayuda a realzar la novela, y la mayoría de los protagonistas no acaban de sostenerse, ni siquiera en los diálogos, que no se hacen muy creíbles. Paradójicamente, o tal vez no, el personaje mejor perfilado, y que más honda huella deja en el lector, es el general Weyler, el ‘malo’ de la novela, retratado por Sorel como un implacable militar español que usó la mano dura con los insurrectos cubanos pero también con sus subordinados del ejército español. En este sentido, ‘Las guerras de Artemisa’ es una novela que puede ser leída como un alegato contra el horror de cualquier conflicto bélico, y ese mensaje no queda empañado por los defectos que pueda tener el texto.

Casualmente, algunos días después de sacar esta reseña, y buscando grabaciones de sonidos “históricos”, me encontré por ahí un archivo sonoro con un discurso del general Weyler. Aunque dicen que el sonido está mejorado, la verdad es que no se le entiende mucho, pero le puede servir de ambientación a quien quiera leerse el libro. Aquí se le puede escuchar.

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Un pensamiento en “Andrés Sorel: Las guerras de Artemisa

  1. Qué tío, este Weyler. Tiene una pinta curiosa, de general prusiano injerto en Felipe II. Dicen que se inventó él los compos de concentración (que no de exterminio, ojito). La Historia provoca a veces una melanccolía tremenda. La misma que emana de la estatua ecuestre de otro veterano de Cuba, Martínez Campos. Singular y mísera épica la de las guerras cubanas, la Grande, la Chiquita, la de Independencia… Y los EE. UU. por medio, qué raro.

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