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Al final la cabra acaba tirando al monte, y a mí de vez en cuando me gusta comentar libros de los considerados clásicos. En esta ocasión el elegido fue Leandro Fernández de Moratín, un autor conocido sobre todo por su obra de teatro El sí de las niñas, y puede que a estas alturas ya ni por eso. Por eso, que apareciera la reseña de un libro suyo en El Periódico de Aragón ya fue para mí toda una satisfacción. Aquí pongo lo que dije:

Los amenos apuntes de viaje de un neoclásico nada pasado de moda
Hace unos años, un libro como éste se hubiera publicado en una colección de clásicos de la literatura española, con un título circunspecto como ‘Antología de cuadernos de viaje de Leandro Fernández de Moratín’ o algo similar. Sin embargo, ahora lo publica una editorial de reciente creación como es El Olivo Azul, con el sorprendente título de ‘El hombre que comía diez espárragos’, en una edición que llama la atención desde su atractiva portada. Esto, por supuesto, no es una censura a este lanzamiento –ni, claro está, a las colecciones de clásicos de la literatura española–, sino todo lo contrario. Es de alabar y agradecer que la editorial se haya decidido a publicar este libro, y de esta forma.
La imagen que la mayoría de los lectores tienen de Moratín –el profesor Alberto Santamaría, editor del libro, es el primero en admitirlo– es la del autor de ‘El sí de las niñas’, un autor algo aburrido de un siglo no muy brillante, aunque fuera el de las Luces. Sin embargo, las páginas que recogen este volumen dan otra imagen del escritor dieciochesco y afrancesado. No diferente, sino complementaria a la anterior. Forman parte de sus ‘Apuntaciones sueltas de Inglaterra’ y de su ‘Viaje a Italia’, obras donde Moratín dejó constancia de sus recorridos por esos países. Fuera de encorsetamientos, estos cuadernos incluyen desde la descripción de las ciudades que Moratín visitó en sus viajes hasta sus reflexiones sobre las costumbres y las gentes que conoció, con el distanciamiento de un turista escéptico que sabe sacarle todo el jugo a sus impresiones. El resultado es un libro de viajes al que los años solamente se le notan porque se escribió a finales del siglo XVIII; su amenidad e interés se paladea con la misma frescura que le otorga el peculiar título bajo el que se ha publicado.

El libro de Moratín es ciertamente de una modernidad sorprendente, y en algunos aspectos supera a muchas obras de hoy en día. A mí sobre todo me gustó ese distanciamiento que comentaba en la reseña, y que le sirve en ciertos momentos para pagar con la misma moneda a los ingleses, que suelen abusar de la displicencia cuando hablan de costumbres ajenas. Por ejemplo, cuando hace una “Lista de los trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos convidados en cualquier casa decente”, nada menos que 21 elementos cuya escrupulosa enumeración no puede leerse sin una cómplice sonrisa irónica.

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