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labordeta obra publicadaOBRA PUBLICADA
AUTOR Miguel Labordeta
EDITORIAL Prensas de la Universidad de Zaragoza
PÁGINAS 526

 

 

 

 

 

 

Miguel Labordeta se alza de entre las figuras que protagonizaron la poesía aragonesa del siglo XX, con la sorprendente paradoja de ser a la vez un poeta maldito y conocido, leído e ignorado. Algo parecido sucede con su producción poética, con solamente siete libros publicados en vida –y dos de ellos eran antologías–, pero con unas obras completas caudalosas y abundantes. Quizá todas estas contradicciones, o por lo menos las que rodean a su obra, queden disueltas con el tomo que ha publicado la Universidad de Zaragoza, con edición de Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña, dentro de la colección de textos aragoneses Larumbe.

El volumen se titula Obra publicada, lo cual da una clara pista del criterio –buen criterio– que los editores han seguido. En primer lugar aparecen los libros que Miguel Labordeta vio publicados en vida, seguidos de los poemas sueltos que aparecieron en revistas u otras publicaciones, el importante texto teatral Oficina de horizonte y otros artículos, manifiestos y prólogos. Después se incluyen en apéndice otros libros que Labordeta tenía intención de publicar, pero cuya repentina muerte en 1969 hizo que fueran póstumos.

Sumido 25, publicado en 1948, cuando el autor tenía los años que el título indica, inaugura el universo poético de Miguel Labordeta. En este libro ya pueden encontrarse algunos rasgos que van a caracterizar su poesía: el verso largo y robustecido por imágenes contundentes, una visión atormentada que convive con la actitud conciliadora, o el tono como de predicador visionario que clama en la plaza, tanto a su conciudadanos como a sí mismo. Estos atributos sirven también para el siguiente libro de Labordeta, publicado en 1949 y titulado Violento idílico, en una certera conjunción de adjetivos para subrayar la lucha de fuerzas que sus versos expresaban, y que confirman a un poeta muy alejado de sus corrientes contemporáneas, original y seguro de su potencia creadora.

imagen labordetaSurrealismo, existencialismo, expresionismo, son calificativos que vienen a la cabeza al leer estos poemas, aun a pesar de que los editores muestran su irritación –tal vez excesiva– ante la crítica que ha situado a Labordeta en una de estas tendencias. El error estriba en limitarlo a una sola, ya que la poesía labordetiana extiende sus matices a todas ellas de manera nada excluyente. Por si fuera poco, en Transeúnte central, de 1950, hay además una mayor preocupación social; sin embargo, un autor como Miguel Labordeta tenía que hacer una poesía social alejada de la que entonces comenzaba a florecer en España. Y así es.

El siguiente libro de Labordeta, Epilírica –otro título inspirado y lleno de significado–, estaba listo para publicar en 1951, pero la censura del momento tenía otros planes. Finalmente apareció en 1961, y los diez años que pasó en el cajón hicieron que el propio autor se sintiera algo alejado de sus poemas cuando por fin se editó. Ciertamente, Epilírica puede leerse como un colofón, a la vez resumen y conclusión, de la forma de escribir de Labordeta hasta ese momento.

Solo hay que echarle un vistazo a Los soliloquios, el último libro publicado en vida por Miguel Labordeta, en 1969, para darse cuenta de esa evolución. A pesar de que algunos temas perviven, como la visión lúcidamente dolorida del mundo, la expresión se hace más concisa y la disposición de las palabras pasa a ser fundamental, acercándose a la poesía visual. Parece que Miguel Labordeta había decidido tomar ese camino, que también transita en su libro póstumo Autopía, que se recoge también en este volumen en un apéndice donde también aparece Abisal cáncer, otra interesante obra póstuma de poemas en prosa.

migjuel labordeta

El lector degustador de poesía tenía ya la oportunidad de acercarse a Miguel Labordeta a través de sus antologías e incluso sus Obras completas –paradójicamente, editadas en varias ediciones diferentes–. No obstante, este tomo que han preparado Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña podría considerarse el resultado del esfuerzo por recuperar y normalizar a un autor clave en la historia contemporánea de la literatura en Aragón. Y qué mejor forma de conocer a Miguel Labordeta que entrar directamente y sin intermediarios en su poesía, empezando por “Espejo”, ese poema inicial de Sumido 25, con sus inquietantes preguntas:

Dime Miguel: ¿quién eres tú?
¿dónde dejaste tu asesinada corona de búfalo?
¿por qué a escondidas escribes en los muros
la sojuzgada potencia de los besos?
¿qué anchura de canales han logrado
tus veinticinco años visitantes?
¿adónde has ido?,
¿qué dioses hermanaron tu conducta de nadie?
y tus sueños ¿hacia qué lejanos ojos
han conseguido hondos de fracasadas copas
donde sorbiste el trance de la culpa?
¿has llegado al límite de la luz
donde el último nombre se dispone a nacer?
¿qué haces pues? ¿por qué intentas tu agua
si una sed de raíces te eleva hacia los sótanos
donde yacen desaparecidas razas hilando
indiferentes conjuros con voluntad de mina?
¿si te arrastras oscuro
en éxtasis rapados de aguilucho núbil
si al hambre sentido de tu vida
no acucias tu mirada de asombro
por qué acechas la lluvia que penosamente
se cierne sobre los muertos?
Ya sé que has despreciado
hasta el último gesto del pálido adolescente
estragulado bajo las lagunas rojas de tu pecho
¿mas qué te queda criatura perpleja
qué te resta si no es tu cerviz cortical
seca de ciudades y limo
propicia a la aventura fracaso
y al ardiente paso de tus noches
por el ecuador de los vientres
transportando el mórbido mensaje de la espiga y de la muerte?
Miguel ¿quién eres? ¡dime!

obras completas fuendetodosUna curiosidad iconográfica para terminar: el retrato de la portada, como en todas las de la colección Larumbe,  es obra de José Luis Cano. Cano suele apoyarse en una imagen –casi siempre fotos– para hacer su propia versión del autor correspondiente, y en el caso de Miguel Labordeta ha cogido una fotografía de Joaquín Alcón que en su momento sirvió ya para ilustrar sus primeras Obras completas publicadas, en aquella legendaria colección Fuendetodos que dirigía Julio Antonio Gómez. Cano le ha dado su particular impronta al retrato, pero si se compara el original con la interpretación son evidentes las diferencias. ¿Quería Cano hacer una versión kawaii del autor? ¿Es esta portada el reflejo de una cierta idealización del personaje Miguel Labordeta que se intuye en la introducción de este libro? Ah, preguntas…

labordeta vs. labordeta

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